Mulas en una yincana

El domingo, tras un expositor lleno de jerséis de cachemira me encontré dormido como un bebé a un anciano trajeado y con corbata. Un pincel durmiente. Apoyado sobre el manillar de su andador con asiento, parecía un penseur de franela. Lo rodeé como un dron para cerciorarme de que no estaba muerto y, después de comprobar que respiraba, colegí que seguramente su cuidadora le habría aparcado allí para poder terminar tareas. Hay un tramo antes de cualquier vacación —especialmente antes de aquellas en las que la logística de los regalos y las comidas opíparas lo complican todo— en el que muchas mujeres se enfrentan a una yincana demencial.
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