“¡No perder contacto con la música!”: diarista contumaz durante toda su vida, Thomas Mann escribió esta frase exclamativa —con visos casi de perenne recordatorio— el 15 de marzo de 1941. Acababa de escuchar por la radio la interpretación en directo de un Concierto para piano de Mozart y una Sinfonía de Schubert. Lo cierto es que jamás había perdido ese contacto asiduo, y así seguiría siendo hasta el final, pero la música le ayudaba entonces especialmente, cabe imaginar, a mitigar el dolor del exilio, del desarraigo, porque esta frase la anotó en su diario en Princeton, muy lejos de su Lübeck natal o su Múnich adoptivo, pocas semanas antes de apartarse aún más de Europa e instalarse en California, el destino final de muchas luminarias culturales alemanas que Alex Ross convertirá en la espina dorsal de su próximo libro, en el que es previsible que Mann, de quien se ha celebrado durante todo este año el sesquicentenario de su nacimiento, vuelva a erigirse en un espectro omnipresente.
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