Carlos (Madrid, 46 años) tiene dos hijos: una niña de 10 años y un niño de 13, de los que se va a separar temporalmente porque se van a vivir con su madre a otro país. Carlos siente que es el momento de hablar de sexo con su hijo, algo más introvertido que su hermana, ya que este ha ingresado en la adolescencia con ese voto de silencio que algunos chicos parecen haber firmado. “No sé cómo abordar el tema”, confiesa, “y conozco a muchos padres en la misma situación”. Ese discurso que muchos progenitores se sienten obligados a dar a sus hijos produce en algunos tanto desasosiego que, cuando llega el momento, se hace torpemente, deseando acabar, y con la exclusiva audiencia de un adolescente que no ve motivos de alarma suficientes para romper su mutismo. El joven, que puede que registre ya muchas horas de visionado de porno o que haya tenido algún que otro escarceo amoroso, mira a su padre con cara inexpresiva mientras sus pensamientos oscilan entre el :“Venga, papá, si ya me lo sé todo”. Y el: ”¡Jo, pues sí que lo está pasando mal el pobre!”.
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