Hay debuts que sirven para presentarse y otros que dejan ganas de saber qué vendrá después. Diego Mateos consiguió lo segundo este viernes en su debut en La Glorieta. Con una única novillada en su esportón y una carrera todavía por construir, el salmantino dejó una impresión que fue más allá de la oreja cortada al tercero y de la vuelta al ruedo tras el sexto. Hubo personalidad, gusto y, sobre todo, una manera de colocarse y manejar los engaños que invita a seguir su evolución. La novillada de Adelaida Rodríguez, alejada de brusquedades pasadas, tuvo nobleza y apuntó clase en varios ejemplares, especialmente en el tercero, pero su escasa fortaleza y la falta de fondo terminaron condicionando buena parte del festejo. Quizá tantos días en los corrales de La Glorieta tras el Desenjaule resultó contraproducente para los utreros del hierro salmantino.
Pedro Andrés hizo de la disposición el argumento de su tarde. Se fue a portagayola con el primero, que terminó regresando a los corrales después de partirse un pitón contra un burladero, y repitió la apuesta frente al sobrero del mismo hierro. Su entrega fue indiscutible y llegó incluso a sufrir una voltereta durante una faena en la que buscó continuamente una emoción que el novillo apenas ofrecía. El desacierto inicial con la espada dejó el reconocimiento en una ovación.
Tampoco encontró demasiadas facilidades con el cuarto. El animal había sufrido un fuerte golpe y llegó a la muleta con pocas posibilidades de desarrollar su embestida. Andrés insistió en una labor larga, tratando de encontrar una respuesta que nunca llegó. Una buena estocada cerró su actuación y volvió a ser ovacionado.
Mario Vilau tampoco encontró en Salamanca el material necesario para mostrar el momento que atraviesa. El segundo tuvo escaso brío, tendió a defenderse y acabó buscando terrenos de huida. El catalán consiguió algunos muletazos estimables con la derecha, pero cualquier intento de continuidad chocaba con la falta de raza del animal. Terminó metiéndose en distancias cortas para tratar de arrancarle lo que ya no tenía.
Peor suerte tuvo con el quinto. El novillo evidenció problemas físicos que terminaron anulando cualquier posibilidad y provocaron las protestas del público. Vilau volvió a poner disposición, autoridad y oficio, pero aquello terminó siendo una pelea contra las circunstancias más que una faena de lucimiento. La ovación reconoció su esfuerzo.
Y entre una tarde que avanzaba sin terminar de encontrar vuelo apareció Diego Mateos.
El tercero permitió descubrir las primeras claves de su concepto. El salmantino mostró gusto con el capote y, ya con la muleta, comenzó doblándose por abajo con torería. El novillo de Adelaida Rodríguez tuvo nobleza, calidad y una embestida agradecida, y Mateos supo entenderlo sin atropellarse.
Lo más interesante estuvo en las formas. En cómo presentó la muleta, en el temple con el que acompañó las embestidas y en una naturalidad poco habitual para alguien con tan escaso recorrido como novillero. Hubo muletazos de buen trazo y momentos en los que apareció un concepto que todavía necesita hacerse, pero que ya tiene personalidad. Una estocada puso en su mano la única oreja de la tarde, mientras el novillo fue ovacionado en el arrastre.
El sexto confirmó que aquello no había sido únicamente consecuencia del buen tercero. Mateos volvió a mostrar decisión desde el inicio y dejó verónicas de buen gusto antes de enfrentarse a un animal cuya voluntad de embestir estuvo muy por encima de sus fuerzas.
La debilidad impidió exigirle demasiado, pero Mateos volvió a presentar los engaños con despaciosidad, limpieza y sentido del temple, dejando muletazos sueltos que reforzaron la impresión anterior. Una buena estocada desató una petición que el palco no atendió y el salmantino terminó dando la vuelta al ruedo.
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