Tiene 16 años, pero en vez de pasar las horas repasando para exámenes e intercambiando vídeos con sus amigas, Ayesha, nombre ficticio, pasa sus días clasificando interminables montañas de ropa usada. Lo hace en la humedad masticable de una de las naves industriales de la Zona de Procesamiento de Exportaciones de Karachi, ciudad costera en el sur de Pakistán.
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