No hay escaparate. Tampoco rótulo. Solo una puerta metálica franqueada por un arco de piedra con un mascarón en lo alto. En pleno centro de Milán, a unos pasos del castillo Sforzesco, la entrada de Garatti no tiene nada que ver con la de una joyería convencional. Hay que saber que está ahí para encontrarla. Y ese secretismo es intencionado. “No puedes simplemente venir y llamar al timbre; la gente ni siquiera sabe dónde estamos. No es fácil llegar hasta nosotros. Y, sin embargo, seguimos expandiéndonos”, dice Milena Bernocco Garatti, directora creativa de la enseña.
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