Que The New York Times haya decidido mirar de frente a los cayetanos españoles tiene gracia, sobre todo porque nos pone frente a un espejo. “Los conservadores pijos de España están de moda”, titulaba el diario estadounidense en un artículo publicado el pasado 18 de septiembre. Durante años, la palabra ha funcionado dentro de nuestras fronteras como una caricatura infalible: mocasín castellano reluciente, camisa impoluta al viento, el Barbour heredado (o comprado con fe ciega en rebajas), un crucifijo discreto y apellidos compuestos con ecos de finca familiar. Era un arquetipo tan local, tan de chiste patrio, que explicárselo a alguien de Manhattan parecía una extravagancia innecesaria. Y, sin embargo, nuestra peculiar tribu urbana ha cruzado el charco hasta una de las cabeceras internacionales más prestigiosas, que la ha escrutado como si acabara de avistar una especie protegida.
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