Muchos intentamos entender el crecimiento de Vox —con su carga autoritaria, xenófoba y machista— y buscamos explicaciones que, en general, nos tranquilizan más que nos iluminan. Se dice que lo votan los jóvenes porque no saben qué fue la dictadura; que lo apoyan los mayores porque la añoran; que es el partido del campo; que es el refugio de los menos formados o de los más castigados por la precariedad. La última versión sostiene que avanza porque los partidos democráticos no hacen suficiente autocrítica. El problema es que los datos no avalan esos atajos.
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