Bárbara, pescadera: “Hoy he vendido seis sardinas por 1,41 euros y me ha pedido perejil, tres bandejas y dos bolsas. Sin duda, he perdido dinero con esta venta”

El trabajo diario en el mostrador de una pescadería suele requerir una combinación constante de paciencia, técnica y atención al público. Bárbara, una dependienta de pescadería que acaba de incorporarse a su puesto tras el periodo vacacional, ha relatado en su cuenta de TikTok con todo detalle lo ocurrido durante la primera venta del día a las 8 de la mañana en punto. La trabajadora se encontraba terminando de colocar la cartelería con los precios del género cuando una clienta ha entrado en el establecimiento para realizar un pedido que ha acabado generando un notable balance negativo.

Al acercarse para dispensar la mercancía, la pescadera ha saludado de forma amable con un “buenos días, ¿qué le pongo?”, pero la compradora ha evitado responder al saludo y se ha limitado a mirar el mostrador antes de pedir únicamente seis sardinas. Cuando la tendera ha preguntado cómo deseaba que se las preparase, la mujer ha solicitado quitar la cabeza y la tripa, pero con una exigencia muy concreta: “No, no, no, con la mano no, házmelo a cuchillo”.

Ante esta petición, la dependienta ha tomado el cuchillo para procesar el pescado fresco de manera manual y personalizada, adaptándose a las instrucciones recibidas. Sin embargo, al momento de empaquetar el producto en el soporte habitual, la clienta ha planteado un nuevo requerimiento para la distribución de las piezas: “¿Me las puedes poner en tres bandejas de dos en dos?”. La profesional ha accedido a la demanda, colocando las seis piezas repartidas en tres recipientes individuales debidamente envueltos.

El desencuentro ha continuado cuando la clienta ha pedido que le añadiese perejil de regalo al pedido y ha rechazado sucesivamente las cantidades ofrecidas. Tras recibir un primer puñado y reclamar más género en varias ocasiones con un tajante “no, ponme más”, Bárbara se ha visto obligada a marcar una pauta clara en el servicio. La pescadera ha advertido a la clienta: “El monto de perejil que yo te pongo es a razón del pescado que llevas, no te puedo poner un manojo entero de perejil para seis sardinas”, recibiendo únicamente una mala mirada por respuesta.

La cuenta final ha alcanzado un importe de 1,41 euros, un desembolso reducido que la compradora ha solicitado liquidar a través de un pago con tarjeta. Tras procesar el cobro electrónico, la clienta ha insistido diciendo “quiero copia” para llevarse el resguardo impreso dentro de la bolsa, antes de solicitar un último elemento adicional para el traslado: “¿Me puedes dar otra bolsa, por favor, para no manchar?”.

La dependienta ha admitido que ha preferido no entrar en discusiones al encontrarse recién incorporada tras las vacaciones, pero ha expuesto con total franqueza el impacto económico de la transacción. “A mí esta gente no me renta, o sea, yo he perdido con esta venta, he perdido”, ha sentenciado Bárbara al describir la falta de margen de beneficio que dejan este tipo de operaciones tan minuciosas en el pequeño comercio.

Para argumentar su postura, la profesional ha desglosado todos los gastos directos e indirectos que ha conllevado atender este encargo de seis sardinas. Según ha explicado, el resultado final es deficitario “si sumas el coste del producto, el tiempo que yo he invertido en ese producto, los envases, el papel” y las dos bolsas plásticas empleadas. La trabajadora ha concluido reflexionando sobre la frecuencia de estos casos, reconociendo que “de estas hay unas cuantas”, aunque ha celebrado con alivio que no todos los clientes actúen del mismo modo en la tienda.

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