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  • Lapili: “Cuando dicen que promuevo la obesidad: solo estoy existiendo y viviendo”

    Cuando Pilar Robles, Lapili (Ciudad Real, 32 años) llegó a Madrid hace diez años ya tenía una tribu: otros jóvenes bailarines adoradores de los ritmos callejeros jamaicanos y caribeños a los que había conocido gracias a la magia de las redes sociales y con los que quedaba en los bajos de Azca a bailar. “¿Ves esas cristaleras? Funcionan como espejos y por eso nos encantaba ponernos delante”, explica exactamente ahí esta creadora multidisciplinar (de hecho, es también artista textil), que pensó que su vocación estaba en la moda hasta que se atrevió a intentar una carrera como cantante. Ahora es un nombre consolidado en una escena, el dancehall, en la que el canon del pop vuela por los aires. El primer adelanto de su nuevo disco, Badda, es una bomba, pero un día antes de irse a Nueva York por una colaboración que no puede revelar, adelanta que quedan muchos cartuchos por explotar.
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  • Paz Padilla: el triunfo intenso (de más)

    El 17 de junio de 2024, el madrileño teatro de La Latina acogió una charla sobre la que fue su propietaria, Lina Morgan. Lo hizo con motivo del estreno del documental Lina, de Movistar Plus, y reunió en el escenario a unas cuantas personas dispuestas a hablar de ella y, de paso, a homenajearla. Estaban Joaquín Reyes, Manuela Velasco, Samantha Hudson, Pepa Rus, Goizalde Núñez y Paz Padilla, moderados por Nerea Pérez de las Heras. Porque el objetivo era ese, hablar de Lina Morgan y de lo que supuso para la cultura de este país, aunque quien acaparó el micrófono y lo convirtió casi en monólogo fue Paz Padilla. La gaditana disertó sobre la genial cómica, pero su locuacidad la llevó a lugares algo más incómodos a juzgar por las miradas de sus compañeros de tablas y las de parte del público. La nostalgia por otros tiempos, en los que apenas había derechos laborales, por ejemplo, con esa manía que tienen algunos por cogerse vacaciones. Quizá Padilla iba con la mejor de las intenciones ese día, dispuesta a que nos descacharráramos de risa, pero aquello fue, digamos, intenso de más.
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  • Ese libro está muy bien, pero no me acuerdo de nada

    No hace mucho compré un libro de cuentos de Alejo Carpentier: Guerra del tiempo y otros relatos. Lo empecé a leer con ganas y cuando iba por la mitad me di cuenta de un pequeño detalle: ya lo había leído. Es más, ya lo tenía por casa. En mi descargo diré que era una edición diferente y la portada estaba en otro color, en lo que entiendo que fue una trampa que la editorial me tendió personalmente.
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  • El declive de la ONU depende de una decisión

    Esta semana, los líderes mundiales se reúnen en las Naciones Unidas para el encuentro anual de alto nivel de la Asamblea General. En sus discursos, muchos están reafirmando su convicción en el multilateralismo y llamando a incrementar la cooperación internacional para resolver las amenazas globales. Mientras la carrera para elegir a la nueva persona al frente de la ONU se acelera, sus palabras sonarán huecas si no están acompañadas de un importante respaldo político y financiero a la organización.
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  • España, Marruecos y algunas tretas

    El escritor francomarroquí Tahar Ben Jelloun publicaba hace unos días en estas páginas una tribuna titulada España-Marruecos, superar la crisis. El autor compara la relación entre los dos países con un matrimonio donde, ya se sabe, a veces hay problemas. Marruecos, explica, no era responsable de la avalancha migratoria de Ceuta. Era imposible, añade: esos días se estaba celebrando la Fiesta del Trono. Parece un argumento definitivo: es un régimen bastante masculino y los hombres no sabemos hacer dos cosas a la vez.
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  • La invasión de los carteles hechos con inteligencia artificial

    “Tenemos pan”. “Piscina abierta de 10 a 8″. “Interior climatizado”. “Torneo de pádel este sábado”. “Menú del día 20 euros”. “Día de quintos en Turruncún de la Vega”. “Hay trenza y milhojas”. “Nuevas clases de iniciación a la cerámica”. “Periquito perdido”. Mira que este verano de 2026 hemos visto cosas insólitas en las calles —un eclipse total, gente celebrando un Mundial, chavales farmeando aura—, pero la invasión de los carteles amateur hechos con inteligencia artificial ha sido especialmente intensa. A mí me pilló en un pueblo de la España interior, y allí no quedaba puerta de bar, marquesina o tablón de anuncios sin empapelar. Lo que escaseaban eran más bien bares, paradas de autobús o plazas donde colocarlos. No solo las zonas rurales se llenaron de slop analógico, que es como podríamos llamar al spam sintético que se ha escapado del ordenador para, cual agente de OpenAI a la fuga, colonizar el mundo real. Los barrios de las ciudades también están llenos de imaginería artificial hecha por aficionados promocionando eventos y negocios locales: farolas, paredes, cristaleras. Las almas sensibles los odian: “Yo, si veo un cartel hecho por IA, ni compro ni consumo el servicio de ese establecimiento”, dijo alguien en un mensaje de X que consiguió 5.000 corazones.
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  • La justicia como “contrapoder de Estado”

    Hay días en que las decisiones judiciales nos recuerdan algunos ejercicios de prestidigitación. Nada por aquí, nada por allá, pero resulta que había —o alguien ha creído ver— un elefante en la habitación. O al revés. Allá donde parecía existir una grave responsabilidad por inacción o falta de diligencia frente a una catástrofe natural, por ejemplo, solo hay el fondo vacío de una chistera. En algún momento se recuperarán la calma y los esquemas clásicos en la distribución del poder, también con respecto a las salas de justicia, pero por ahora es desde ellas desde donde emergen decisiones que marcan la vida política del país. A veces, para desconcierto y perplejidad general. El papel de los tribunales en el control de las decisiones del ejecutivo y el legislativo ha adquirido tanta relevancia que no faltará quien proponga que se deje de utilizar la expresión poder judicial para empezar a hablar de la justicia como “contrapoder de Estado”.
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  • Las ‘kellys’ reclaman la jubilación anticipada: “Tengo 63 años. Hacer camas en un hotel de cinco estrellas es un matadero”

    María Ibáñez (nombre ficticio) nació hace 63 años en Colombia y lleva 30 residiendo en España, donde ha trabajado los últimos 25 como camarera de piso en Madrid. Dice que le gustaría prejubilarse por la cantidad de enfermedades musculoesqueléticas que arrastra, pero que ni su limitada carrera de cotización ni su precaria posición económica se lo permiten. “Hacer camas en un hotel de lujo es un matadero”, enfatiza con respecto al establecimiento de cinco estrellas en el que ahora mismo trabaja. “Hay mucha presión. Los clientes son de mucho nivel, pagan un precio muy alto por la habitación y quieren encontrarlo todo perfecto. Si una camarera de piso puede hacer hasta 20 camas en un turno diario en un hotel medio, yo no hago más de ocho habitaciones, pero es que la limpieza de cada una de ellas me puede llevar 40 minutos”. Ibáñez se queja especialmente del trato de las mutuas de trabajo. “No constatan ninguna de mis enfermedades porque para ellos no son fruto del trabajo o del esfuerzo que hago en el día a día, sino que las catalogan como enfermedades comunes. Solo establecen que una persona está mal y que puede cogerse una baja cuando tiene un brazo o una pierna rota”.
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  • Renaturalización: una herramienta frente a los grandes incendios

    Hemos vivido otro verano impactados por la irrupción de grandes incendios catastróficos. Una vez más, hemos visto cómo el fuego arrasa paisajes, pone vidas en riesgo, obliga a evacuar a poblaciones enteras y deja tras de sí enormes pérdidas ambientales, sociales y económicas.
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