Durante décadas, buena parte de la riqueza asociada a los recursos naturales se ha medido en función de lo que podía extraerse de ellos. Petróleo, minerales, madera o suelo han tenido un valor económico fácilmente cuantificable. Mucho más difícil ha sido establecer el valor de aquello que se conserva: un ecosistema, una especie, un paisaje o un patrimonio cultural.
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