Lo vivido, pasado por el tamiz de los recuerdos, puede acabar en un relato a medio camino entre la verdad y lo probable. El ejercicio consiste en sentarse frente a un espejo, escuchando lo que dictan las cicatrices del cuerpo, sin bajar la mirada, intentando adivinar lo que hay detrás de los ojos. Nada parece real, pero todo forma parte de lo que somos. Y aquí nace el relato: ¿qué somos? ¿Dónde comienza el personaje y dónde la persona? ¿Quiénes hemos sido y cuánto de aquello nos define ahora? ¿En qué momento necesitamos parar y recordar de dónde venimos?
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