Al norte de Moroni, la capital de la Unión de las Comoras, un archipiélago de unos 900.000 habitantes situado en el océano Índico, la plaza pública del barrio de Garage Mrikawi está casi desierta. Frente a la entrada, una madre extranjera sostiene a su bebé en brazos, mientras que a su derecha, un hombre de unos 30 años, con gafas de sol y pantalones cortos vaqueros, apoya la cabeza en el soporte de madera que sostiene el techo de chapa ondulada de la plaza. A sus pies, cuatro bidones de agua están alineados contra el muro de ladrillo que rodea la zona. “Todos sabéis que no hay agua. Aunque alcemos la voz, nada cambiará. Al contrario, vendrán a detenernos. Así que no sirve de nada hablar”, afirma el hombre en cuanto advierte la presencia de periodistas.
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