Las empresas llevan décadas perfeccionando el arte de subcontratar. Logística, tecnología, atención al cliente, incluso fases enteras de la producción. La especialización ha hecho posibles negocios más eficientes y flexibles, capaces de concentrarse en aquello que hacen mejor. Pero hay decisiones que siguen perteneciendo al núcleo de la identidad de una compañía y de cómo esta ejerce su liderazgo. Es el caso de la Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP), una política ambiental europea clave, que alcanza ya a buena parte del tejido empresarial y que extiende la responsabilidad de las compañías sobre lo que ponen en el mercado más allá de su venta.
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