El resentimiento es traicionero. No quieres darle cobijo, pero algunos episodios quedan grabados a fuego. Como aquel día, ya pasados los 30, cuando después de una jornada de 15 horas, un señor te suelta que el periodismo es un sacerdocio y que hay que sudar ―rollo “la fama cuesta”― si quieres abrirte hueco. Léase: que te contraten por un sueldo digno. Me lo dijo un hombre de la generación del baby boom con cuyo sueldo se podía contratar a tres millennials como yo, que llevábamos una década picando piedra.
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