Y aquí estamos, en mitad de las fiestas navideñas, con Nochebuena a la espalda y Año Viejo y Reyes por delante. Unas fechas que siempre arañan un poco el corazón, incluso el de aquellas personas que insisten en que a ellas estas celebraciones les dan lo mismo. Por ejemplo, conozco gente que, para mostrar su olímpica indiferencia ante la Navidad, pasa estos días en algún país no cristiano, en algún rincón de Oriente o del mundo árabe, para ahorrarse hasta la visión del espumillón y las bolitas. Pero a mí me parece que esa huida geográfica es la prueba más clara de lo mucho que les afectan las festividades, precisamente.
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