Solo hay que mirarse al espejo el día de Año Nuevo para saber que la madrugada anterior se ha cometido un error. El rostro lánguido oscurecido bajo los ojos como Kingsley Amis, restos de purpurina en los lugares más insospechados; el oleaje en el estómago, la disforia, ráfagas de imágenes como en una película noventera de Guy Ritchie colándose entre la niebla densa que cubre el cerebro. Es el cuerpo vengándose por haber bebido demasiado. O por haber bebido mal (algo que puede pasar incluso más a menudo).
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