En las últimas semanas ha surgido, como una seta alucinógena, la propuesta de quitar la nacionalidad a los que se porten mal. Este delirio suele ser invocado por aquellos que se envuelven en la bandera para disimular otras carencias. La primera de las políticas discriminatorias del nazismo tuvo que ver con la persecución de todas aquellas expresiones, ya fueran artísticas o intelectuales, que identificaban como antialemanas. Esto generó una tradición germana y austriaca, tras la tragedia de la guerra, por la cual el desprecio a su propio país era casi una obligación estilística. El mejor representante de esta escuela fue Thomas Bernhard y sus compatriotas tuvieron que soportar su éxito y su categoría internacional para no identificarse como nazis encubiertos bajo el sistema democrático. Pero los tiempos están en regresión y vuelve a invocarse lo antipatriótico, como si no hubiera formas de ser de un país a gusto de cada cual. El precedente más cercano ha sido la dictadura de Nicaragua, donde la pareja en el poder expulsó y convirtió en apátridas a los más nobles representantes del pensamiento crítico. Algunos de ellos han encontrado refugio en España, algo que honra a nuestro país. También El Salvador encarcela sin garantías a los nacionales y Donald Trump, un presidente dañino, juega con la idea de cerrar universidades, expulsar alumnos, vetar medios e impedir el voto electoral si no piensan como él.
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