Cuando era pequeña, durante varios años, desde que empezaba a refrescar hasta que volvía el calor, los domingos en casa se comía lo que para mí es “la sopa de pescado de mi madre”. Recuerdo perfectamente el aroma, la mezcla entre repelús y sentirme mayor cuando le ayudaba a separar la carne del pescado del fumet y hablábamos de esto y aquello; justo antes de poner el aperitivo en la mesa (y pelearme con mi hermano por quién se estaba excediendo con la parte que le tocaba del líquido de los berberechos).
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