Si un navegante que surcara por primera vez el Mediterráneo costeando el norte de la isla de Cerdeña doblara el Capo Caccia y pusiera proa al este, podría creer, sin forzar mucho la imaginación, que más que por un cabo acaba de pasar por el túnel del tiempo, y que lo que se alza de repente frente a él es una auténtica ciudad portuaria fortificada de la Corona de Aragón.
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