Cada primavera, centenares de vaqueros peregrinan a varias ciudades del centro y el norte de México para participar en una convención de cowboys muy particular. Una en la que no se habla sobre técnicas para el criado del sardo negro —una raza de vaca mexicana— ni se cazan terneros a lazo, sino que se baila, se come, se liga, se juega. Unas citas cuya finalidad es conocer a otros hombres con los mismos intereses y aficiones, hacer amigos y, quién sabe, vivir una aventura de fin de semana o conocer al amor de sus vidas.
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