Hace cinco meses, cuatro chicas entusiasmadas entraron con su madre en una zona de máxima seguridad luciendo la misma camiseta negra, en la que iba estampada una foto de su padre. Unos minutos después, este salió de un edificio vigilado por el ejército, entre flashes y cámaras de televisión, y les miró con los ojos humedecidos desde el otro lado de la valla. No podía acercarse ni tocarlas. Tenía que respetar la cuarentena, porque en unas horas iba a subirse al cohete tripulado más potente de la historia y se iría a la Luna. Sin hablar, se decían todo, y el resto del mundo les entendía.
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