Un desayuno molinero en pleno olivar de la campiña de Jaén. Sobre la mesa, botellas de aceite virgen extra como perfumes, rebanadas de pan denso, ochíos rellenos de embutido. En el centro, rompiendo con la densidad de la imagen, unos rectángulos de hojaldre cubiertos de azúcar glas, tan ligeros que a nadie sorprendería ver echar a volar en cualquier momento: los virolos de Baeza.
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