Nadie que lea estas líneas —ni probablemente sus padres— ha visto en vida a una empresa europea como la más valiosa del mundo. Antes de que las cotizadas de Estados Unidos se hicieran con la hegemonía de los mercados financieros, la última compañía europea en ocupar ese puesto fue London & North Western Railway, la gran compañía ferroviaria de la Inglaterra victoriana. Su valor de mercado rozó los 330 millones de dólares a finales del siglo XIX, según un estudio de la consultora financiera Finaeo. Hoy, Europa palidece frente a los billones alcanzados por las grandes tecnológicas estadounidenses en la vanguardia de la inteligencia artificial. La empresa más valiosa del continente es la holandesa ASML, el fabricante de maquinaria para producir chips. Con una capitalización de unos 630.000 millones de euros, apenas figura entre las 20 mayores compañías del mundo.
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