La calle de Bravo Murillo nació como una frontera social. Son cuatro kilómetros, un paseo de 45 minutos desde la glorieta de Quevedo hasta la plaza de Castilla. A un lado iban a estar los pobres y al otro los pudientes. Así se decidió tras la Guerra Civil, pero casi 90 años después se respeta ese diseño y ningún alcalde en Madrid ha trabajado para alterarlo.
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