Pedro Sánchez ha convocado elecciones generales para el 29N tras el bloqueo absoluto de los decretos de vivienda en el Congreso de los Diputados. Las protestas sociales y las acampadas en la Puerta del Sol han marcado el punto final para un Gobierno acorralado por los casos de corrupción y por la incapacidad de aprobar leyes ni de sacar adelante unos Presupuestos Generales.
La economía española llega a las elecciones con una aparente contradicción. Por un lado, la Comisión Europea ha elevado una décima su previsión de crecimiento para España, hasta el 2,4%, lo que supone una señal de que la actividad económica mantiene su fortaleza.
Pero las grandes cifras no siempre se reflejan de la misma manera en los hogares. Mientras la economía crece, vivir resulta cada vez más caro para las familias y el aumento de los precios reduce el margen disponible para gastar en casa. Y ahí está una de las claves del escenario electoral: España puede estar creciendo, pero los ciudadanos también están midiendo la economía desde algo mucho más cercano: cuánto cuesta llenar el depósito, hacer la compra o pagar una casa.
Y es que, entre otras cosas, el coste de la vida ha vuelto a acelerarse desde este verano debido a las tensiones energéticas. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la inflación interanual se ha situado en el 4,9%, impulsada por los carburantes, que han registrado un encarecimiento del 30% respecto a los niveles previos al conflicto. La inflación subyacente -que descuenta los alimentos frescos y la energía por ser los elementos más volátiles-, ha alcanzado el 3,1%, reduciendo la capacidad de compra de nuestor bolsillo. No hay más. Cuando los precios se disparan y los ingresos no le siguen el ritmo, se compra menos.
Además, los carburantes se han consolidado como el principal motor de esta tendencia al alza en los precios. Repostar nos cuesta un 30% más que antes de la guerra, un incremento notable que se mantiene a pesar del efecto de las bonificaciones aplicadas.
A esto hay que sumarle que la tasa de ahorro de los hogares se ha recortado hasta el 11% de su renta disponible bruta en el segundo trimestre de 2026, frente al 12% del año anterior.
Paralelamente, el mercado inmobiliario mantiene una intensa tensión, con una subida en el precio de la vivienda del 12,1% en España, cifra que triplica el 4% registrado de media en la zona euro y acumula cuatro trimestres con alzas de doble dígito.
En comparación con el trimestre previo, los precios residenciales han crecido un 1,2% y los alquileres un 0,7%. El alquiler de vivienda alcanzaba en agosto un coste medio de 14,86 euros por metro cuadrado, lo que supone un repunte interanual del 8,55% según pisos.com.
El paro añadirá sin duda mucha munición al debate político, al mostrar una economía con una realidad contradictoria. Porque el empleo llega a las urnas con una doble lectura, y cada partido pondrá el foco en los datos que mejor encajen con su relato.
Por un lado, España alcanza un máximo histórico de 22,4 millones de afiliados a la Seguridad Social después de sumar 92.000 ocupados en septiembre, el mejor dato para este mes desde que existen registros.
Pero, al mismo tiempo, el número de desempleados aumentó en 23.500 personas, lo que convierte este septiembre en el peor desde 2017. Una parte importante de ese incremento se concentra entre quienes todavía no habían trabajado, un dato que puede estar relacionado, entre otros factores, con el proceso de regularización de inmigrantes.
También queda sobre la mesa del debate electoral la calidad del empleo. Aunque cada vez haya más personas trabajando, una parte importante de los contratos no son fijos a tiempo completo. De hecho, solo el 17% de los contratos firmados durante este año reúne esas dos condiciones. Por eso, detrás de la cifra récord de ocupados existe otra realidad: no todos los empleos ofrecen el mismo nivel de estabilidad o jornada.
Con estas cifras sobre la mesa, la cita con las urnas se celebra en un contexto con datos complejos. España mantiene un ritmo de crecimiento del PIB y máximos de afiliación, pero las familias hacen frente a una inflación disparada, el encarecimiento de la vivienda y la inestabilidad de un mercado laboral donde persiste la temporalidad. Habrá que esperar al 29N para ver de qué lado cae la balanza.
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