Cuando uno vuelve al pasado aparecen fantasmas. En mi caso, al regresar a Italia aparecieron viejas y absurdas multas, les ahorro detalles. Hacienda no me había olvidado, es conmovedor que alguien te espere tanto tiempo. Pedí cita y fui a pagar y, como pasa en ocasiones con la administración en Italia, fue una experiencia prodigiosa, de las que te lleva a creer en el género humano, y por eso la cuento, tiene espíritu navideño. Había una máquina para el papelito del turno, que era como otras que ya he visto: funcionaba mal y tenía un señor al lado que te ayudaba. Era un empleado muy simpático, que fiel a un talento ancestral enseguida estableció complicidad conmigo. “A ver si conseguimos engañarla”, me dijo, refiriéndose a la máquina, poniéndose ya de mi parte sin conocerme de nada, como si nosotros, los humanos, fuéramos un equipo contra la despiadada tecnología. Trasteando y a golpes, sacó el número como un triunfo. Me pregunté, como otras veces, si tendría trabajo si la máquina funcionara, y si no sería él quien la saboteaba.
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