A Ashaa Abdalla Tourshin se le nota en la voz el duelo. Y en la mirada perdida de unos ojos cansados con atisbos de cataratas. En su regazo, un niño de dos años, su nieto Moutassim. Logró salir hace un mes de la ciudad sudanesa de El Fasher, reciente escenario de una de las peores masacres registradas desde que hace más de dos años estallara una cruenta guerra civil en el país. Abdalla escapó con el crío en brazos y han sido acogidos en la precaria vivienda de lonas y cañas de su hija Hadjara en el campo de refugiados de Farchana, en el este de Chad.
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